23 y 12 (#LaHabana #Cuba #Miami)

CIRO BIANCHI ROSS/RADIO MIAMI.ORG

Desde hace cierto tiempo, este cronista acopia información sobre la esquina de  23 y 12. Dice el arquitecto Mario Coyula que la cercanía del cementerio de Colón  —inaugurado en 1871— impulsó la jerarquización de este sitio que más tarde cedería su importancia ante la esquina de 23 y L, cuando a fines de los años 40 del siglo pasado despuntó el desarrollo de La Rampa. Es por su proximidad a la necrópolis que mucho llaman a esta esquina la de «la última parada».

Es una esquina histórica. Fue en 23 y 12  donde el Comandante en Jefe Fidel Castro proclamó el carácter socialista de la Revolución Cubana en vísperas de la invasión mercenaria de Playa Girón, hecho que las fotos gigantes de Ernesto Fernández, Premio Nacional de Artes Plásticas, colocadas en la azotea de la cafetería La Pelota, recuerdan en esta esquina.  Antes, en ocasión del sepelio de las víctimas del sabotaje, en el puerto habanero, del barco francés La Coubre, Fidel pronunció allí, por primera vez, la frase «Patria o Muerte».

Cincuenta años es apenas un pestañazo en la historia, pero buena parte en la vida de una persona. El tiempo embota aristas, decolara  pinturas, desdibuja imágenes. Se olvidan nombres y lugares. No creo que sean muchos los que ya recuerden que el cine Charles Chaplin se llamó Atlantic, al igual que el edificio que sirve de sede al Instituto Cubano del Arte y de la Industria Cinematográficos (ICAIC).

El novelista Jaime Sarusky, que como guionista laboró allí  en los comienzos de esa institución cultural, me dice que entonces el ICAIC no ocupaba todo el edificio, sino un solo piso. El Atlantic era un inmueble de oficinas. Radicaban en él bufetes de abogados, gabinetes estomatológicos, estudios de ingenieros y arquitectos y, sobre todo, despachos de no pocas compañías constructoras.

En uno de sus cubículos se hallaba la sede de la Sociedad Cubana de Cardiología, y, en otro, la de Radio Capital Artalejo, propiedad del periodista Arturo Artalejo, que en esa y en otras emisoras radiales y televisivas hizo célebre su espacio «Con la manga al codo», y que pese a lo rimbombante de su nombre de Radio Capital, me dice el investigador Jorge Domingo, no se escuchaba siquiera en toda La Habana y a veces se iba del aire por desperfectos técnicos. En los bajos del propio edificio abría sus puertas una óptica que, para no variar,  se llamaba también Atlantic.

Comenta Domingo que el espacio que ocupa el centro cultural Fresa y Chocolate fue el del famoso café Habana, establecimiento de tipo español que disponía además  de una vidriera con una oferta variadísima. El área del actual Sylvain lo ocupaba la dulcería La Suiza, de pasteles y dulces finos, subsidiaria de La Gran Vía, de Santos Suárez.  Seguía la floristería La Violeta, con su lema «Confíenos una orden y quedará complacido», y luego el Ten Cents. Al lado de este establecimiento, ya por la calle 10, la tintorería El Recreo.

Unas quince florerías prestaban servicio en la zona, tanto por 23 como por 12, 10 y 25. Jardines florales como Goyanes, Trías, La Azucena, El Gladiolo, California, La Hortensia, La Jungla, Alcázar, La Dalia, Riviera, El Encanto, La Diadema… Marmolerías como Isla de Pinos, Vilaboa  y la de José Taracido, establecida en el número 1159 de la Avenida 23 desde 1912.

Muy concurrido, tanto de día como de noche, era el café-restaurante 12 y 23, actual La Pelota, propiedad de los gallegos Fraga y Vázquez. No pocos políticos, de la oposición y del gobierno, tenían allí su tertulia, en tanto que de madrugada, tras el cierre de clubes y cabarets, era centro de reunión de figuras de la farándula que acudían al lugar para beber la copa del estribo y entretener el estómago con los deliciosos entrepanes del lugar.

El bar-restaurante El Chalet ocupaba, dice Jorge Domingo, el espacio de la pizzería Cinecittá, que abrió sus puertas, cree recordar el investigador, el mismo día en que  lo hizo la pizzería Coppelia. Era frecuente ver al Caballero de París en los portales de Cinecittá. Los camareros, sin que él lo pidiera, le servían una pizza o un plato de espaguetis. Se decía que Alfredo Guevara, director del ICAIC, había decidido que esa institución cubriera los gastos en los que pudiera incurrir el popular personaje.

Personajes llamativos de la esquina eran el hombre de cuello y corbata que allí vendía tamales a la voz de «Con pica» y «Sin pica». También Bebo, un negro gordo de voz potente y roca que vendía periódicos y como vendedor de diarios protagonizó un anuncio televisivo que le dio gran popularidad. Cabrera Infante lo menciona en su novela Tres tristes tigres.

Habló para Radio Miami, desde La Habana, Ciro Bianchi Ross.

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