El terremoto de este 12 de septiembre.

Joel Mayor. Hay un entusiasmo en la calle, en el edificio, en los centros de trabajo y escuelas, en facebook… que da gusto ver. Parece un código amistoso que todos andan dispuestos a intercambiar a cada minuto. Está de más explicarse el porqué de tanta motivación: la alegría al lucir la cinta amarilla lo dice todo.

Cualquiera creería que los cubanos hemos comenzado a hablar un idioma universal entre nosotros: ni el español sería tan rico como esta especie de clave de amor. Es el tema para el saludo del día, el que desplaza la guagua, el mercado, el calor y la telenovela.

La gente anda tan embullada como si supiera que una recta viene por el medio de home y le van a pegar tan fuerte que la pelota caerá más allá de las cercas del estadio. Cada quien se percata de la posibilidad de ser un Lourdes Gourriell, y decidir la suerte de cuatro de sus hermanos.

Muchos descubrieron que aquel no es un color abundante en el hogar ni entre la ropa común y, cuando coinciden con un amigo, surge una pregunta inevitable: “¿de dónde sacar una cinta amarilla?” Sin embargo, sea cual fuere la respuesta, terminan la charla con una afirmación rotunda: “pero yo la encuentro, no digo yo”.

Algunos han dicho —¿quién sabe si en broma o de verdad?— que recurrirán a las páginas amarillas del Directorio Telefónico, o ripiarán una sábana supuestamente vieja. Otros han puesto a revisar a las costureras, por si guardan algún retazo de uniforme de secundaria.

De tan contagiosa, esta fiebre no tiene precedentes. Ahora ningún sabichucho mercenario, personajillo de Miami o corresponsal suspicaz de la prensa extranjera, podrá urdir que lo hacemos obligados, que el Partido, la UJC, los CDR, la FMC u otra organización distribuyó cintas y planificó la iniciativa individual.

Unos arrancaron el marcador amarillo de su agenda. Otros la hicieron de papel. No pocos han ido a buscar a los talleres de confecciones textiles. La mayoría ha puesto la casa patas arriba y registrado las cajas que hace tiempo no abría. Los más atrevidos ya piensan enlazar los árboles y hasta armar una gran cadena humana de amarillo.

René solo nos invitó a desatar un terremoto de amor. Vamos a sacudir este país de manera que no pueda ser ignorado su reclamo. ¿Quién se atrevería a dejar de reportar semejante acontecimiento sin igual? Serán millones de mensajes en amarillo contra la injusticia, todo un pueblo reclamando por el regreso de cuatro de sus hijos.

No podemos permitir que continúe sucediendo lo inaudito. Quince años de castigo por defender esta osada Revolución, resultan demasiados. No hay poesía, prosa ni efectos sonoros o audiovisuales para transmitir lo que significa ver brevemente a una hija a los dos años de edad… y no volver a hacerlo sino hasta seis años más tarde.

Tampoco hay sentencia que se traduzca en un horror tan grande como el de separarlos tanto tiempo. Aquella ocasión a fines de 2006 fue la primera en que no medió una línea telefónica, desde que fueron abrupta e injustamente separados cuando la pequeña tenía apenas cuatro meses de nacida.

Igual le separaron de Olga, su esposa, y tuvo que cumplir íntegramente su condena, pese a que no le pudieron probar espionaje ni había el menor resquicio legal para ser tan crueles con René, ni con Gerardo, Antonio, Fernando y Ramón.

Por eso él convocó a impedir que eso suceda con sus cuatro hermanos, porque la injusticia debe cesar. Es hora del reencuentro de Gerardo y Adriana, de que madres y abuelas no se queden sin abrazar a los suyos en libertad, como ya le sucedió a algunos familiares. Es hora del regreso.

Y René nos recuerda que, de cumplirse los designios del gobierno norteamericano, para Gerardo implicaría morir en la cárcel.

De modo que —por estas fechas— los cubanos hemos unido un color inusual al rojo, azul y blanco de la bandera. Hemos pintado este archipiélago del amarillo propio de ingleses y norteamericanos. Tomamos prestado un símbolo de otras latitudes para que se entienda nuestro propio lenguaje.

Las cintas anudadas a la manera de cada cual en árboles y rejas, colgadas en la puerta de la casa, prendidas con un alfiler a la camisa o el pulóver, son el código para involucrar al pueblo estadounidense en esta pelea en nombre de la justicia. Las cintas de tela, nailon, papel o quién sabe qué material que ya se multiplican por todas partes, pretenden convocar a los norteamericanos a interesarse por un crimen que se comete al amparo de la bandera de las barras y las estrellas contra cuatro antiterroristas cubanos.

Esos símbolos que hasta trabajo hemos pasado para encontrar, debido a nuestra patriótica preferencia por el azul, el rojo y el blanco, gritan a los cuatro vientos que el pueblo cubano quiere de vuelta a cuatro de sus hijos.

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